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    2019-05-15

    Si en La virgen de los sicarios “la vida crapulosa está derrotando 7-Nitroindazole la muerte”, y “anda toda ventiada por Medellín día y noche en su afán haciendo lo que puede, compitiendo con semejante paridera, la más atroz [y] este continuo nacer de niños y el suero oral le están sacando canas”, para Ramírez Heredia, en el Distrito Federal, la muerte posee otro cariz significativo, pues estos jóvenes asesinos rezan su jaculatoria vital a partir de la conciencia de su muerte: La Santa muerte no es sólo una conciencia mortal sino como María Auxiliadora es la madre que socorre. Pero, en México, la figura materna es terrible y todos estos niños y jóvenes mundanos, sus “ahijados”, se comportan como huérfanos y viudos de la historia. En sus últimos y desesperados resquicios de fe, han encumbrado y aceptado el destino trágico como condición de vida y al éxito y al dinero como onanismo individualista. Esta actitud se trata en suma de una reorientación sobre aquella Para los sicarios de la novela de Ramírez Heredia, la Santa Muerte “reorganiza” el mundo para sus jóvenes devotos. Ante una cambiante y cruenta realidad nada concluye, “nomás va cambiando de rostro, de formas, la única que permanece es la Santa Guapa que lo cuida como protege a quienes la aman”. Son devotos de “la Igualadora” pero, también, de un tradicional panteón religioso que incluye la aún consuetudinaria presencia del primer tótem sincrético de nuestra cultura: la Virgen de Guadalupe, que equipara su importancia y su identidad —dentro del relato— con la de la Santa Muerte. De igual modo, algunos jóvenes, como El Yube, guardan devoción, junto a la “Niña Blanca”, al revalorado “apóstol de las causas perdidas”, San Judas Tadeo. Así los jóvenes son la sangre caliente que mantiene en movimiento la infernal maquinaria del crimen: sólo los más jóvenes —y sus víctimas, por supuesto— perecen en la novela de Ramírez Heredia. Muertos a la manera de José K., el personaje principal de El proceso, “como perros”, en basurales —como sufre el Niño del Diamante al que por cierto, se dice en la novela, odia a estos animales (p. 81)— son asesinados, violados y arrojados desnudos a la mitad de la calle como La Callagüita; son también traicionados —según ocurre a Solution hybridization los gatilleros Yube o Golmán— y obligados a adoptar el impostado papel de chivos expiatorios cuando son capturados por un sistema de “justicia” que actúa también como simulacro en varias partes de América Latina. Son entregados a cárceles mexicanas, “llenas de culpables de cosas que no cometieron”, para purgar infernales condenas en nombre de los líderes del “negocio”. Los jóvenes son la constante pérdida de la novela. Conocemos, así, a una juventud malograda, una juventud en exequias que desde la niñez no ha parado de recorrer un fangal de prostitución, drogadicción y muerte. El Niño del Diamante, Avelino Meléndez, por ejemplo, en sus diatribas en Acapulco conoce al Coyuca cuando era un preadolescente. Su experiencia en el puerto simboliza a una juventud mexicana decantada y mutilada; en esta región del país —como en tantas otras— ante la miseria y el turismo sexual “la prostitución se ha vuelto una fuente primaria de trabajo para los jóvenes más pobres”, a decir de Sergio González Rodríguez. El también autor de Los bajos fondos (1988) concluye que “las prostitutas, incluso niños y niñas, son tan baratas como un gramo de cocaína: diez o veinte dólares”.La esquina de losojos rojos da testimonio de la descarnada situación juvenil que representa una debacle moral, de las más dolorosas de nuestro tiempo: El olvido engulle finalmente el recuerdo de estos jóvenes. Su ausencia no es resentida en lo absoluto por parte de ese Barrio que cohabitaron. La novela explica que la criminalidad, en el México contemporáneo, es una cinta de Moebius infinita. En estas decadentes realidades se aplica —de manera cínica y sin escrúpulos— la añeja Ley del Talión a la manera de garantías civiles y derechos humanos. Los lugares “privilegiados” de los sicarios ejecutores son rápidamente reemplazados por nuevos y jóvenes asesinos, siempre deseosos de suplantar, no sólo la función, sino de mimetizar la vida misma de sus antecesores. En este sentido, resulta revelador el pasaje en que la banda de Fer Maracas —cuando aún era adolescente y reunido con otros muchachos se hacían llamar “Los pingüinos”— una vez que cometen una enrabiada defensa y purgación de algunos arribistas al Barrio son, por ello, respetados y odiados, ambiguamente, por un grupo de niños también de Tepito que: